jueves, 19 de junio de 2008

Era tan joven y tan ufana...


En tiempos inmemoriales, cuando yo era una criatura joven, ingenua e indómita, transitaba ufana por todas las tierras conocidas por los hombres y exploraba territorios jamás hollados por ellos; sin desmayo plantaba cara a desmanes, pandemóniums, aceros y vehemencias de toda índole y de toda clase de seres. Me sentía tan fuerte y capacitada que hasta llegué a hacer frente a la terrible Hidra de cien sierpes en su cabeza.
Prácticamente era sólo un puro divertimento para mí y siempre estaba dispuesta a participar en cualquier acto alegre o cruel; trascendente o banal; transparente o turbio; normal o extravagante. Tentada por cualquier suerte de competición, el solaz y, sobre todo, la victoria eran mis principales metas y nunca titubeaba ante nada ni nadie.
Todas las materias me sorprendían, inclusive, los enigmas insustanciales que me proponían. Ya más vieja, resabiada, mesurada, y cansada de recorrer los senderos de las armas y de aceptar juegos, he decidido descansar para siempre y buscar refugio en el ombligo del mundo.

Ahora que soy la esfinge guardiana del Laberinto y la que vigila que el fuego del centro del tiempo y del espacio no se apague, contemplo en silencio como El Minotauro persigue a la virginal Ariadna apresada dentro de su palacio. No deseo inmiscuirme en el destino de los simples mortales ni en él de los héroes. Han dejado de conmoverme; No me interesan los asuntos ni comidillas de los molestos y maniáticos dioses y semidioses. Poco me importa mi salvación; la admonición o la bendición de los señores todopoderosos que gobiernan el mundo. Mi tiempo se extingue; también, su tiempo. Desaparecerán y serán un recuerdo vago, pero, ellos creen que son inmortales y que, por siempre, serán los amos. Yo, tan antigua como esta tierra y con tantos eones sobre mi lomo, he visto como otros dioses, tanto o más altaneros que éstos, han pasado a ser pasto del olvido, eclipsados por la llegada de otros nuevos.

Aquí, en mi morada última, contemplaré el final y escucharé sus gritos de agonía, porque soy la que ve, mucho mejor que ninguno de ellos, la red del tiempo. Mi postrimería, al menos, será interesante, hasta heróica. Valdrá la pena, en lo que me resta de vida, permanecer en el corazón de la tierra, consagrada exclusivamente a su custodia, hasta que llegue el epílogo de todos nosotros.

2 comentarios:

Davinia dijo...

La juventud es guerrera, imaginativa, rebelde, y con todo el tiempo por delante, esas son las mejores armas que tenemos en esa etapa a nuestro favor...

Luego con el pasar de los años, vamos atesorando otras armas: el conocimiento, la experiencia, la madurez, el tacto, la prudencia, un poco de sabiduría, pero sobre todo nos damos cuenta de que ese tiempo que nos sobraba al principio se ha consumido en un momento, como una vela en la fría noche...

Besos y abrazos practicamente veraniegos, cáilidos y sinceros hacia todo aquel que quiera recibirlos...

Isoba dijo...

Ya casi el solsticio de verano: La Noche de San Juan.

El sol arde en este lugar bajo el sol.
Y llegará la noche mágica de las hogueras,
de los fuegos purificadores y de los deseos.
Como los primitivos vibramos ante la luz y el fuego
en cada ritual que cumplimos cada año.
Ansiamos el milagro, hasta en este axfixiante laberinto de ladrillo y cemento que ciega el bosque,
la montaña y ese mar lejano que siempre espera.
Buscamos renacer en cada chispa, en cada rama,
en cada brasa y en el humo azulado que, elevándose hacia el cielo, se hace bruma planetaria.

Y esa noche, entre el cielo y la tierra, respira magia.. cada beso, cada palabra, cada mirada... todo.

Es cierto, con la edad nos vamos dando cuenta que el tiempo se consume en un momento, como un vela en la noche. Así que a respirar, a aprovechar cada momento de nuestra existencia, en realidad, es lo única verdad absoluta.

Muchso besos para ambos, veraniegos, cálidos y sinceros. Y lametones de Thora, por supuesto.